De infiernos, monstruos y quimeras
Publicado en la Revista del Nuevo Día
Domingo, 7 de Agosto de 2005
El otro día te conté un cuento mucho mejor que aquellos que te contaba antes de irte a dormir. Digo mejor, por la sencilla razón de que en realidad, aunque parecía un cuento, no lo era. Hoy te cuento otro, uno de infiernos, monstruos y quimeras. Había una vez, hace mucho, pero muchísimo tiempo, un pequeño planeta que se había formado luego de un largo proceso de gestación en la zona habitable de su estrella. Es ésta una zona que rodea una estrella en la cual la temperatura es tal que puede haber agua líquida en la superficie de un planeta, lo cual se considera esencial para la vida. Al fin y al cabo somos mayormente agua.
La superficie del planeta recién formado era inhóspita y desierta. Las cicatrices dejadas por el violento proceso de formación -el colosal choque de miles de objetos, algunos del tamaño de nuestra Luna, cada uno una hecatombe- eran aún claramente visibles. Como si fuera la superficie de la Luna, se divisaban gigantescos cráteres, heridas de las cuales fluía roca fundida como si fuera sangre, que al encontrarse con lagos de agua los evaporaba instantáneamente. Interminables lluvias torrenciales devolvían el agua a la superficie para volver a evaporarse en el próximo encuentro. Explosiones de lava y roca le daban al aire, mayormente compuesto por dióxido de carbono, un fuerte olor sulfuroso (aunque no había nadie con el sentido del olfato que pudiera haberlo percibido).

Si alguien hubiese visitado ese planeta, no tengo duda de que habría pensado que se trataba del mítico infierno con sus noches iluminadas por el fulgor anaranjado de la lava. Pero claro, no se puede visitar, ya que es un planeta que había una vez, pero que con el tiempo se transformó en otro distinto: nuestra Tierra.
En la noche, la Luna recién formada mostraba una cara mucho más grande que la que vemos al presente, y producía mareas gigantescas ya que se hallaba a una distancia mucho menor que la que media entre la Tierra y la Luna en la actualidad. Las mareas cubrían grandes extensiones costeras y dejaban lagunas que cada pocas horas volvían a ser barridas por la siguiente marea, porque el planeta giraba más rápido que hoy y por lo tanto los días eran mucho más cortos.
En caso de poder ver sin impedimentos las estrellas que entonces salpicaban el cielo nocturno, no habrías reconocido aquella bóveda celeste tan ajena. Contemplarías una región muy diferente de la Galaxia, porque aquel planeta y su Sol se encontraban en otro lugar rodeado por estrellas distintas a las que conocemos. Podrías haber inventado toda suerte de constelaciones y signos zodiacales, nada que ver con los que se inventaron hace unos dos mil años.
Pasaron miles de millones de años y el planeta se transformó. La Luna se alejó lentamente y el Sol viajó por la galaxia de modo que el cielo mostró otras estrellas. En el transcurso del tiempo la Tierra se fue enfriando, y los violentos choques dejaron de ser frecuentes, aunque cada tanto ocurría alguno. El agua evaporada se condensó en grandes cantidades formando océanos. La roca fundida se solidificó y nacieron las masas continentales que se movieron lentamente hasta conformar el mapamundi que tuviste que colorear en la escuela.
En los cuerpos de agua cálida de aquel planeta, como si fueran enormes calderos, diferentes moléculas reaccionaron para formar nuevos compuestos. Por millones de años sucedieron incontables reacciones, hasta que, en algún momento, una reacción muy especial formó compuestos que perduraron y se multiplicaron, moléculas particulares que más adelante formaron los primeros organismos de la Tierra. Es un misterio cómo ocurrió en detalle, que no dudo los científicos del futuro develarán.
Si hubieras estado allí en el profundo pasado, recorriendo alguna playa como lo hacías de pequeña, buscando caracoles y pececitos atrapados en los hoyos de agua que quedan entre las rocas, tal vez habrías encontrado bajo el agua unas estructuras redondeadas con una superficie babosa de un color verde azulado. ¡Habrías descubierto vida en aquel planeta! Fueron los primeros habitantes de la Tierra, los estromatolitos compuestos por cianobacterias, las cuales con el correr del tiempo oxigenaron lentamente la atmósfera, creando así un ambiente propicio para seres respirantes.
Vida. De todos los incontables procesos que ocurren en el universo, la vida es sin duda el más importante, o al menos eso nos parece a nosotros, y por muy buenas razones. El registro fósil que es la ventana por la cual miramos el pasado de la vida, la bioquímica y la biología molecular no dejan duda acerca de los hechos básicos de la evolución biológica. Tú y yo, y todas las formas de vida del planeta, un árbol, un coquí, una bacteria o una vaca, somos en esencia la misma cosa, formados mayormente de los mismos elementos, todos creados en estrellas como ya te conté. Todos los seres utilizamos procesos bioquímicos similares y el código genético -la clave que determina cómo se escriben las instrucciones moleculares que dan lugar a que un organismo sea pez y otro ave- es el mismo en todos. No queda duda, somos la misma cosa, todos emparentados y descendientes de una célula primigenia, una bacteria que vivió hace unos tres mil quinientos millones de años; la verdadera Eva. No hay experto que dude esto.
El concepto de evolución biológica es de gran fuerza explicativa por su sencillez: observamos que se transmiten las características de padres a hijos, es decir, que hay herencia, y observamos que hay variaciones en algunas características de los descendientes, es decir, que la descendencia es con modificaciones.
En el transcurso de los eones, esto llevó a un cambio en las propiedades genéticas de las poblaciones de organismos de la Tierra y en ocasiones al establecimiento de nuevas especies. El filtro de la selección natural determina diferencias en las tasas de reproducción y supervivencia de distintas variedades, las cuales tienen diferente capacidad para sobrevivir en el ecosistema dinámico en el cual están inmersos. Al ocurrir cambios en un ecosistema, algunas especies no pueden sobrevivir y se extinguen, mientras que en otros casos las presiones filtran ciertas cualidades que contribuyen a la supervivencia de ciertos individuos que de esta forma contribuyen su aval genético con nuevas características a la población.
La gran mayoría de las especies que han poblado el planeta en el transcurso de su larga historia han desaparecido. Sólo quedan algunos restos fosilizados de los habitantes del pasado, algunos de ellos monstruos más feroces que los de tus pesadillas, gigantescos dinosaurios con bocas más grandes que tu cuerpo, enormes pulpos que hacían estremecer a cualquier pez y feroces tigres colmillos de sable.
El cambio climático ocurrido en África hace unos cuatro millones de años transformó la selva tropical en una sabana más árida, lo cual causó que ciertos simios caminaran en dos patas y desarrollaran paulatinamente sus facultades mentales para poder defenderse y sobrevivir frente a depredadores más veloces y fuertes que ellos. El registro fósil nos enseña un paulatino aumento en la capacidad craneal de nuestros ancestros, los diversos homínidos que habitaron África, desde el Australophitecus africanus al Homo sapiens, pasando por el Homo erectus y el Homo habilis, entre otros.
Aunque te parezca extraño, hoy día, a comienzos de este nuevo milenio, hay quienes sostienen una oposición encarnizada a la evolución, por considerarla contraria a una interpretación literal de la Biblia. Hasta ha habido autoridades escolares que han tratado de prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas, como una encarnación moderna, aunque menos cruel, de la inquisición. Podrían, al mismo tiempo, legislar que las estrellas son eternas, y volver a imponer la idea de que la Tierra es el centro del Universo.
Aparte de estas dificultades teológicas, la evolución confronta problemas que se relacionan con la dificultad de visualizar un proceso que ocurre a escalas de tiempo tales que nuestras vidas son, en comparación, un efímero instante. Si pudiéramos observar otros mundos de forma similar a como lo hacemos al filmar en cámara lenta el crecimiento y desarrollo de una flor, observando millones de organismos que surgen, van, vienen y se transfiguran al compás y en conformidad con los cambios geofísicos que ocurren, sería quizá menos difícil. El mundo biológico y el mundo físico se relacionan de forma íntima en un baile de diferentes procesos, como si se tratara de un tango cuidadosamente coreografiado, manteniendo el ritmo para no tropezar y caer.
Nuestra creciente capacidad mental permitió una organización social, el lenguaje (que también permitió la mentira) y un aprendizaje únicos entre todas las especies. Es ésta la razón por la cual tuviste que ir a la escuela. Pero solos, frente a un veloz leopardo o ágil mono, no hay mucho que podamos hacer. Estos especialistas, sin embargo, verdaderas máquinas expertas y adaptadas a nichos ecológicos específicos, son menos fuertes como especie a la hora de enfrentar cambios en el ecosistema. Fue nuestra mente la que facultó una evolución cultural sin par en el reino animal que nos ha llevado a este mundo paradójico -con el poder adquirido hemos puesto en peligro a nuestra propia especie y ya casi han desaparecido nuestros parientes más cercanos: los chimpancés.
Es cierto que, como ningún otro animal, parecería que nos hemos librado de la dependencia de la naturaleza, pero como ocurre frecuentemente las apariencias engañan. Hemos encontrado varias formas de sobreponernos a los límites impuestos por nuestros endebles cuerpos. Por medio de la tecnología, y en particular de la medicina, hemos superado ciertas cotas definidas por la selección natural. Es decir, que hemos encontrado maneras de adaptarnos a condiciones que en otras circunstancias no nos hubieran permitido sobrevivir. Pero la regla general de la vida a largo plazo es que o se cambia o se desaparece, algo que deberíamos considerar seriamente si deseamos no correr prematuramente la misma suerte de todos. Sí, la vida es un tango, pero hay que saberlo bailar.
En fin, somos una quimera. Claro, no un engendro con cuerpo de pez y cabeza de ave, ni una figura con cuerpo de caballo y torso humano, sino que unos átomos que se combinaron de millones de formas para tener una conciencia. Una quimera de genética y cultura única en al reino animal. La quimera de las quimeras, sin duda un animal fabuloso. No porque alguna inteligencia lo haya diseñado ni porque esa fuera la meta de la evolución con nosotros en la cumbre, una idea arrogante y dañina. Es justo eso lo que es extraordinario, algo que surgió aunque no era necesario y es por lo tanto un tesoro único.
Luego de los largos miles de millones de años, aquellas bacterias que son nuestros ancestros al final logran ver el universo a través de nuestros ojos. Sí, es maravilloso lo que hemos descubierto y te deja llena de asombro. ¿Verdad que parece un cuento? Pero no lo es, aunque sea una historia fantástica.
Daniel R. Altschuler es autor de “Hijos de las estrellas” y coautor con J. Medín y E. Núñez de “Ciencia, pseudociencia y educación”, publicado por la editorial Callejón.